Hay una extraña sobrenaturalidad familiar en las formas y modos femeninos. En el asentarse sobre la tierra con raíces invisibles y a la vez alzarse a alguna altura sutil que los hombres sólo alcanzan a ver entre cirros. Es un mundo el suyo, no cabe duda, de arcanos y pozos y, a la vez, de flores. Qué puede desconcertar más a un hombre que una niña. Son un dejar a ellos jugar en el mundo de las ideas, de caballeros y balones, de gritos, sudor y gloria imperecedera. Toda mujer es una casa y quita y pone cortinas a su antojo.
Ellos, en cambio... La nobleza torpe del toro. El correr sobre la lluvia y el sol. Un cuerpo sobre el que resbala toda la creación, sin resquicios ni bifurcaciones. Para ellas, ellos, la columna. Para ellos, ellas, el dintel.
Para la piedra, la hoja, el viento o el gato, ambos, una rara anomalía.
lunes, 1 de abril de 2013
sábado, 26 de enero de 2013
Historias
Me muero por ver la cara del niño al que cuente por primera vez el inicio del universo, los primeros vertebrados, el reino de los dinosaurios, los monos que se pusieron en pie, las ciudades y religiones, las grandes pirámides, los viajes de Ulises y las hazañas de Hércules, la historia de los valientes y libres atenienses, el bravo Filipo y su magno hijo, los humildes campesinos a los que amamantó la loba, el mayor imperio lleno de luz y sangre, la media luna y la cruz, las catedrales, espadas y coronas, los grandes genios y América, las primeras fábricas, el vapor, electricidad y penicilina, las nuevas ideologías para ateos hambrientos, la Coca-Cola y Michael Jordan, el mundo por primera vez en la mano, en una pantalla.
Y que después haga con eso lo que crea conveniente.
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