Y todavía podemos encontrar recodos de cierta dignidad. En
el comienzo del otoño, por ejemplo, con el primer día de chaquetón (malditas
camisas, polos y camisetas), bajo las primeras nubes y gotas de septiembre. Junto
a esa sacrosanta vuelta al colegio de los niños, con el olor a cloro recién
evaporado. En ese abrigarse al volver a casa a media tarde con una rebeca tres
tallas más grande.
Dentro del gran mecanismo de personas grises cruzando pasos
de peatones un mes después de lucir bañadores de flores, de conversaciones
sobre postgrados y alternativas de inversión, de desayunos de gente con traje
muy lejos en todos los sentidos de un desayuno de sábado en la cama, queda un
pequeño espacio en el que meter las manos en los bolsillos, levantar el cuello
del abrigo, mirar el pelo alborotado por el aire otoñal en el cristal de un
concesionario y creer momentáneamente en la idea de que buena parte de las
cosas tiene en realidad sentido. Al menos, hasta el momento en que se nos
comunica sin lugar a duda alguna que ya es otoño en una conocida cadena de
grandes almacenes.

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