jueves, 27 de septiembre de 2012

27 de septiembre de un año cualquiera del Señor

Nos engañamos. No cualquier tiempo pasado fue mejor. Siempre se han saqueado ciudades, siempre se ha torturado. Hemos cambiado la violencia por la estupidez suma, pues estupidez es solapar un instinto natural que, antes o después, aflora; si no es en el campo de batalla, en oficinas, en semáforos o en la cama. No somos mejores ni peores; tan solo somos más leves.

Y todavía podemos encontrar recodos de cierta dignidad. En el comienzo del otoño, por ejemplo, con el primer día de chaquetón (malditas camisas, polos y camisetas), bajo las primeras nubes y gotas de septiembre. Junto a esa sacrosanta vuelta al colegio de los niños, con el olor a cloro recién evaporado. En ese abrigarse al volver a casa a media tarde con una rebeca tres tallas más grande.

Dentro del gran mecanismo de personas grises cruzando pasos de peatones un mes después de lucir bañadores de flores, de conversaciones sobre postgrados y alternativas de inversión, de desayunos de gente con traje muy lejos en todos los sentidos de un desayuno de sábado en la cama, queda un pequeño espacio en el que meter las manos en los bolsillos, levantar el cuello del abrigo, mirar el pelo alborotado por el aire otoñal en el cristal de un concesionario y creer momentáneamente en la idea de que buena parte de las cosas tiene en realidad sentido. Al menos, hasta el momento en que se nos comunica sin lugar a duda alguna que ya es otoño en una conocida cadena de grandes almacenes.

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