El niño se sentó en el portal, su pelota entre las piernas. Los mayores iban y venían, en sus coches, en su ropa triste, con sus problemas y alegrías incomprensibles, extrañamente infantiles. El cielo se nublaba amenazando lluvia. Eso sí era un problema real; no se puede jugar en las pistas tras llover, pues se forman charcos frente a las porterías. La pelota se dejaba acariciar morosamente.
Mamá había lavado los calcetines y ahora ya no se caían; cuestión de tiempo y de dos carreras. El tacto era agradable. La brisa antes de la tormenta en las piernas descubiertas era agradable. Nadie en la calle. Había un extraño silencio, como de coches sin pasar, como de nubes rápidas en círculos. Un silencio de playas vacías y regresos de comidas fuera. Pensó en su madre. No podía oírla tras la puerta cerrada. Pensó en el interior de la casa de la que acababa de salir para jugar. En la oscuridad de las noches, en la calidez de la cama, en la toalla tras la ducha, en los dedos de su madre en el pelo... No podía oírla.
Sin echar una última mirada a las pistas se giró para aporrear la puerta. No le preocupó que la pelota rodara calle abajo.

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