Cómo
puedes vivir de mucho menos que de aire. Cómo puedes vivir de vestidos, de
contratos firmados, de compras de lavavajillas, de visitas a tu madre, de
fijarte en el número de fila del aparcamiento, de las incompetencias de tu
compañera de trabajo, de la renovación de la tarjeta de crédito, del nuevo
disco de ese grupo, de las cajetillas de tabaco, de la llegada del otoño, de
las cafeterías en la calle comercial, de las dos escapadas y el viaje más largo
anual, del libro con el que llevas dos semanas acostándote tarde, de la nueva
receta que te enseñó tu amiga, de cómo le quedan los vaqueros al del anuncio,
de las nimiedades que escribes en tu blog, del nuevo menú del comedor de los
niños, del nuevo tono descargado para el móvil, del ahorro en el seguro de la
moto, de no gustarte el fútbol ni ningún deporte, de tener sexo cuatro veces a
la semana, de haber dejado de rezar, de ajustarte el bikini de hace tres años
como un guante, de cortarte el viernes las puntas, de…
Cómo. Cómo puedes. Y
cómo puedes poner todo eso por delante de mí. ¿Pero es que no te das cuenta de
que yo no te ofrezco nada?

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