Las
farolas encendidas pasaban una detrás de otra por el cristal de la
ventana como las líneas discontinuas de una carretera, alargándose y
ralentizándose en el techo, acariciando mi cabeza como si quisieran
peinarme. Las naves parecían cajas de bombones de distinto tamaño,
dentro de las cuales se encontraban personas buenas y felices a punto de
terminar su jornada laboral y dirigirse a sus casas para encender el
brasero y cambiar los zapatos por las zapatillas. Todavía faltaba tiempo
para que regresásemos, pero yo sabía que el televisor ya se había
encendido y nos estaba esperando.
Cuando
por fin regresamos, muy de noche ya, en el coche estábamos menos
personas: el resto se encontraba arriba, esperando y asomados todos a la
ventana, por ver si aparcábamos, mientras la tele continuaba puesta.
Serían ya, al menos, las nueve y media o las diez de un mes de otoño,
casi invierno. La idea de abrir la puerta y salir a la calle resultaba
traumática hasta el punto de llorar. Quizá sea por eso por lo que no
puedo recordarlo. Por eso y porque tenía sueño, mucho sueño.
Eso es todo.


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