La sincronía se manifiesta en ese segundo en que dos
conciencias invocan un objetivo común. La mirada entornada, concentrada,
cuidadora pero a la vez depredadora. La presa, horizontal, justo al lado, presa
que es también leona al acecho, pronta al salto a la yugular o a hacerse la
muerta para dejarse devorar.
Cada contacto recibe su reacción. Y cada reacción incita a
la dentellada. Lamer a ese cachorro que se ha inmovilizado para ser comido,
reprimiendo el mordisco mortal y, haciéndolo, deseándolo más. Y sin embargo,
jugar con él. Pero es entonces cuando la presa muerde, cuando el cervatillo
mordisquea al león y este se abandona, aunque sus músculos sigan en tensión. Y
al abrir del todo los ojos se reconocen por primera vez los dos leones, ella y él,
demasiado ansiosos y poderosos para ser ya otra cosa.
La necesidad empieza a sofocarse de abdomen hacia abajo y,
hacia arriba, se alimenta de la ajena —ya nada es ajeno—, en un
círculo perfecto que, modificando su movimiento sobre sí mismo, no deja en conjunto
de acelerarse. Está claro que la piel sobra. Es mortal la necesidad de fundir
sangre y órganos, de entrechocar los huesos hasta el tuétano. De ahí la rabia,
la profundidad y la violencia de las embestidas, sin las que el cuello, tan
cercano, apenas podría evitar ser mordido hasta la muerte.
La leona vuelve a transfigurarse. De nuevo es
cervatillo, es presa que pide anhelante el mordisco final, que ordena
fieramente al todopoderoso león ser rematada y devorada entre rugidos, como si
el hambre del león no fuera suficiente. Y este mata. Y matando, muere él mismo.
Y muriendo ambos de una vida que en sus últimos segundos era insoportable en su
necesidad de muerte, renacen lentamente a otra en que vuelven a ser personas. La
sabana ahora torna esdrújula y, saciada el Hambre, pueden comer —y vivir— con
calma, de nuevo.


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