A braza, a crol que diría un castellano. La cabeza por fuera del asfalto, con el sol encima. Con el sol pegando las camisas a la piel en días de pocas nubes. El resto del cuerpo por debajo de la ciudad, los pies sacudiéndose entre tuberías, ratas y sueños abandonados de bibliotecarias y hombres grises.
Navegar la vida entre cables de auriculares, entre halls de edificios de oficinas, entre esperas esperanzadas y golpes en la garganta y en la boca del estómago. Seguir para no hundirse, para no ser recogido por un empleado de la limpieza de una alcantarilla un sábado por la mañana. Seguir como alternativa a cortes en los antebrazos, a pez en la nariz, a un frío cajón entre estudiantes universitarios de medicina.
Y en el transcurso, alfileres, golpes de humo, neumáticos pasando cerca. Pasos de peatones para hombres ocupados con maletines de cuero y mujeres que piensan en el sábado por la tarde. Ni siquiera el consuelo de una pelota escapada de unos niños, asustada entre el tráfico.
Nadando lo innadable. Cemento, aceras, monedas, billetes doblados del metro. Y los pájaros pasan rápido, volando, para no hacer más daño.

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