domingo, 16 de septiembre de 2012

Domingo

Me contaron que los domingos se hicieron para ver discurrir suavemente el agua, de color ceniza, entre avenidas muertas. Que guardaban hogares a salvo de pájaros negros, de bolsas de plástico de la noche anterior. Que las nubes del domingo estaban incluso por encima de los aviones que más alto vuelan, que no podían sobrepasarse, pues lo cubren todo. Que todas las ausencias se sentaban en escalones de edificios vacíos que, por incoherente que suene, seguirán vacíos siempre pese a que el lunes vuelvan a su actividad normal. Y me contaron bien, pues ni siquiera la muerte se acerca a la oscuridad de la sobremesa de un domingo, a la oscuridad de las primeras gotas del final del verano, a la oscuridad que sorprende a los encargados de encender el alumbrado municipal cada tarde.

Hojas en el agua, agua que salpica inmisericorde todas las rendijas, todas las cicatrices. Un silencio que no es soledad, que no es una sábana limpia ni una caricia lejana, sino el amago de una tormenta que surje de dentro, de las tripas, de cristales en la garganta, de llantos reprimidos en navidades pasadas. Agua sin peces, sin panes, sin manos. No hay uñas pintadas en un domingo, no hay besos apasionados, sino abrazos agónicos de personas solas, aferrándose a un instante que se percibe como demasiado fugaz, acaso ya ido.

Qué más da si existe o no. Recemos, por el amor de Dios.

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