domingo, 21 de octubre de 2012

Nihil

El pobre hombre corría por ciénagas, espada insignificante en mano, en un pantanoso campo de batalla no muy lejos del cual divisaba una pradera en la que podía imaginar, ver a su mujer y sus hijos, junto a él, un domingo cualquiera bajo el calor del sol, comiendo fresas y levantando al pequeño en hombros. Sabía que lo más probable era una muerte absurda, sin sentido, sucia, a manos de un desconocido que nada tendría contra él.

El hombre gris, en un martes lluvioso, recorre el hall del edificio de oficinas al que llega doce minutos antes de la entrevista. Nudo medio Windsor, gemelos y cada punto del currículo estudiado. Las manos sudan un poco, la voz está algo aflautada. Piensa en las sábanas tibias que ha dejado, en el calor que casi puede verse emanar de la piel de ella. En ese aliento antes de despertar, el nexo de unión entre el nacimiento y la muerte. La responsable de Recursos Humanos es alemana. El trabajo es odioso. Sigue lloviendo.

El caminante con el abrigo de cuello alto va hacia la puesta de sol. Piensa en días pasados, en atardeceres. En aquellos atardeceres que todavía podrían recordarse tiempo después. Piensa en los te quieros dichos y escuchados. Piensa en el niño que era ante unas navidades ya inventadas por tan lejanas. Apenas recuerda tactos. Es consciente de que no ha vivido y de que, probablemente, de volver a intentarlo volvería a fallar. Ve una pareja a lo lejos, pero no le dicen más que la onda formada en el río por algún pez en ese momento.

El niño tiene una espada nueva. Su padre es herrero. Aún no sabe por qué le gusta mirar a esa niña rubia y solo sueña con tener su propio caballo y matar muchos sajones.

Las piedras en el lecho del río permanecen inmóviles como si alguien dudara de ello.

Efectivamente, la espada cae ensangrentada. Enfangado y moribundo, recuerda las fresas y piensa un adiós que no le da tiempo.

Creo que este puesto supone una buena oportunidad para desarrollar una carrera profesional a medio y largo plazo, que es lo que ahora valoro sobre todo lo demás. ¿Seguirá durmiendo ella? Acaba de morir algo. No era esto. No era esto.

Mañana no volveré a pasear. Ya está. Eso es todo. Solo quedo yo. Nadie que me recuerde. Os vais conmigo. No me atreveré. Solo espero cambiar de camino. He vuelto a fallar.

El niño duerme plácidamente.

El río sigue formando barro. Como antes de la llegada de los peces. Como después del sueño de la última mujer. Las fresas crecen silvestres, sin miedo.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Sábana



La sincronía se manifiesta en ese segundo en que dos conciencias invocan un objetivo común. La mirada entornada, concentrada, cuidadora pero a la vez depredadora. La presa, horizontal, justo al lado, presa que es también leona al acecho, pronta al salto a la yugular o a hacerse la muerta para dejarse devorar.

Cada contacto recibe su reacción. Y cada reacción incita a la dentellada. Lamer a ese cachorro que se ha inmovilizado para ser comido, reprimiendo el mordisco mortal y, haciéndolo, deseándolo más. Y sin embargo, jugar con él. Pero es entonces cuando la presa muerde, cuando el cervatillo mordisquea al león y este se abandona, aunque sus músculos sigan en tensión. Y al abrir del todo los ojos se reconocen por primera vez los dos leones, ella y él, demasiado ansiosos y poderosos para ser ya otra cosa.

La necesidad empieza a sofocarse de abdomen hacia abajo y, hacia arriba, se alimenta de la ajena —ya nada es ajeno—, en un círculo perfecto que, modificando su movimiento sobre sí mismo, no deja en conjunto de acelerarse. Está claro que la piel sobra. Es mortal la necesidad de fundir sangre y órganos, de entrechocar los huesos hasta el tuétano. De ahí la rabia, la profundidad y la violencia de las embestidas, sin las que el cuello, tan cercano, apenas podría evitar ser mordido hasta la muerte.

La leona vuelve a transfigurarse. De nuevo es cervatillo, es presa que pide anhelante el mordisco final, que ordena fieramente al todopoderoso león ser rematada y devorada entre rugidos, como si el hambre del león no fuera suficiente. Y este mata. Y matando, muere él mismo. Y muriendo ambos de una vida que en sus últimos segundos era insoportable en su necesidad de muerte, renacen lentamente a otra en que vuelven a ser personas. La sabana ahora torna esdrújula y, saciada el Hambre, pueden comer —y vivir— con calma, de nuevo.

jueves, 27 de septiembre de 2012

27 de septiembre de un año cualquiera del Señor

Nos engañamos. No cualquier tiempo pasado fue mejor. Siempre se han saqueado ciudades, siempre se ha torturado. Hemos cambiado la violencia por la estupidez suma, pues estupidez es solapar un instinto natural que, antes o después, aflora; si no es en el campo de batalla, en oficinas, en semáforos o en la cama. No somos mejores ni peores; tan solo somos más leves.

Y todavía podemos encontrar recodos de cierta dignidad. En el comienzo del otoño, por ejemplo, con el primer día de chaquetón (malditas camisas, polos y camisetas), bajo las primeras nubes y gotas de septiembre. Junto a esa sacrosanta vuelta al colegio de los niños, con el olor a cloro recién evaporado. En ese abrigarse al volver a casa a media tarde con una rebeca tres tallas más grande.

Dentro del gran mecanismo de personas grises cruzando pasos de peatones un mes después de lucir bañadores de flores, de conversaciones sobre postgrados y alternativas de inversión, de desayunos de gente con traje muy lejos en todos los sentidos de un desayuno de sábado en la cama, queda un pequeño espacio en el que meter las manos en los bolsillos, levantar el cuello del abrigo, mirar el pelo alborotado por el aire otoñal en el cristal de un concesionario y creer momentáneamente en la idea de que buena parte de las cosas tiene en realidad sentido. Al menos, hasta el momento en que se nos comunica sin lugar a duda alguna que ya es otoño en una conocida cadena de grandes almacenes.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Radio Cairo o recuerdos recordados

Recuerdo la tarde en que, de niño, fuimos al polígono industrial. Era extraño porque, aun siendo ya noche cerrada, el sol nos observaba por la ventana trasera del coche. Iba dentro toda la familia y, como sucede siempre en los recuerdos, había una música permanente y todos teníamos un color anaranjado. El cielo estaba más bajo de lo que está ahora y el coche era más pequeño. Fuera debía de hacer bastante frío, porque yo me sentía resguardado y confortable, como cuando llegas a la cena de Nochebuena y te quitas el abrigo y la bufanda con las mejillas rojas y los cristales de las gafas empañados. En el maletero había juegos recién comprados que, sabía, no existirían al día siguiente, porque no eran reales.

Las farolas encendidas pasaban una detrás de otra por el cristal de la ventana como las líneas discontinuas de una carretera, alargándose y ralentizándose en el techo, acariciando mi cabeza como si quisieran peinarme. Las naves parecían cajas de bombones de distinto tamaño, dentro de las cuales se encontraban personas buenas y felices a punto de terminar su jornada laboral y dirigirse a sus casas para encender el brasero y cambiar los zapatos por las zapatillas. Todavía faltaba tiempo para que regresásemos, pero yo sabía que el televisor ya se había encendido y nos estaba esperando.

Cuando por fin regresamos, muy de noche ya, en el coche estábamos menos personas: el resto se encontraba arriba, esperando y asomados todos a la ventana, por ver si aparcábamos, mientras la tele continuaba puesta. Serían ya, al menos, las nueve y media o las diez de un mes de otoño, casi invierno. La idea de abrir la puerta y salir a la calle resultaba traumática hasta el punto de llorar. Quizá sea por eso por lo que no puedo recordarlo. Por eso y porque tenía sueño, mucho sueño.

Eso es todo.

martes, 18 de septiembre de 2012

Cómo

Cómo puedes vivir de mucho menos que de aire. Cómo puedes vivir de vestidos, de contratos firmados, de compras de lavavajillas, de visitas a tu madre, de fijarte en el número de fila del aparcamiento, de las incompetencias de tu compañera de trabajo, de la renovación de la tarjeta de crédito, del nuevo disco de ese grupo, de las cajetillas de tabaco, de la llegada del otoño, de las cafeterías en la calle comercial, de las dos escapadas y el viaje más largo anual, del libro con el que llevas dos semanas acostándote tarde, de la nueva receta que te enseñó tu amiga, de cómo le quedan los vaqueros al del anuncio, de las nimiedades que escribes en tu blog, del nuevo menú del comedor de los niños, del nuevo tono descargado para el móvil, del ahorro en el seguro de la moto, de no gustarte el fútbol ni ningún deporte, de tener sexo cuatro veces a la semana, de haber dejado de rezar, de ajustarte el bikini de hace tres años como un guante, de cortarte el viernes las puntas, de… 

Cómo. Cómo puedes. Y cómo puedes poner todo eso por delante de mí. ¿Pero es que no te das cuenta de que yo no te ofrezco nada?

lunes, 17 de septiembre de 2012

Cuento del pequeño aventurero

El niño se sentó en el portal, su pelota entre las piernas. Los mayores iban y venían, en sus coches, en su ropa triste, con sus problemas y alegrías incomprensibles, extrañamente infantiles. El cielo se nublaba amenazando lluvia. Eso sí era un problema real; no se puede jugar en las pistas tras llover, pues se forman charcos frente a las porterías. La pelota se dejaba acariciar morosamente.

Mamá había lavado los calcetines y ahora ya no se caían; cuestión de tiempo y de dos carreras. El tacto era agradable. La brisa antes de la tormenta en las piernas descubiertas era agradable. Nadie en la calle. Había un extraño silencio, como de coches sin pasar, como de nubes rápidas en círculos. Un silencio de playas vacías y regresos de comidas fuera. Pensó en su madre. No podía oírla tras la puerta cerrada. Pensó en el interior de la casa de la que acababa de salir para jugar. En la oscuridad de las noches, en la calidez de la cama, en la toalla tras la ducha, en los dedos de su madre en el pelo... No podía oírla.

Sin echar una última mirada a las pistas se giró para aporrear la puerta. No le preocupó que la pelota rodara calle abajo.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Domingo

Me contaron que los domingos se hicieron para ver discurrir suavemente el agua, de color ceniza, entre avenidas muertas. Que guardaban hogares a salvo de pájaros negros, de bolsas de plástico de la noche anterior. Que las nubes del domingo estaban incluso por encima de los aviones que más alto vuelan, que no podían sobrepasarse, pues lo cubren todo. Que todas las ausencias se sentaban en escalones de edificios vacíos que, por incoherente que suene, seguirán vacíos siempre pese a que el lunes vuelvan a su actividad normal. Y me contaron bien, pues ni siquiera la muerte se acerca a la oscuridad de la sobremesa de un domingo, a la oscuridad de las primeras gotas del final del verano, a la oscuridad que sorprende a los encargados de encender el alumbrado municipal cada tarde.

Hojas en el agua, agua que salpica inmisericorde todas las rendijas, todas las cicatrices. Un silencio que no es soledad, que no es una sábana limpia ni una caricia lejana, sino el amago de una tormenta que surje de dentro, de las tripas, de cristales en la garganta, de llantos reprimidos en navidades pasadas. Agua sin peces, sin panes, sin manos. No hay uñas pintadas en un domingo, no hay besos apasionados, sino abrazos agónicos de personas solas, aferrándose a un instante que se percibe como demasiado fugaz, acaso ya ido.

Qué más da si existe o no. Recemos, por el amor de Dios.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Compra

Acércate. Acércate a las escaleras mecánicas. Pon primero un pie, luego el otro. Mira el suelo blanco alejándose. Mira los dependientes, con colonias, libros, aparatos electrónicos, pulseras. Siente ahora tu existencia. Tu situación en el mundo, tu tiempo. Siente, mientras subes a la planta superior, la cercanía de la tumba. La muerte de personas queridas que conocerás. El nacimiento de los por venir. Estancias en mecedoras futuras con fantasmas meciendo las hojas de los árboles.

Siente el aroma de la carne. La persistencia de los lácteos. El suelo sigue limpio. Todos los dependientes visten igual. Los clientes vegetan alrededor. Siente el frío metal de los tornos, los problemas que las cajeras del supermercado han dejado en casa a las siete de la mañana. Recuerda otros tiempos que no has conocido: bombas, francotiradores, ajustes entre vecinos, campos de concentración, nieve sobre Praga, nieve sobre Berlín, sangre sobre la nieve. El tiempo en sepia de los abuelos, las nanas en un frío nocturno sin televisión. La mañana del día siguiente.

Sé que cuesta respirar. En un lado del pasillo, desodorantes. En el otro, decepciones y cartas tiradas a la papelera antes de enviarlas. Ojalá nevase fuera, pero es septiembre. No te rodean problemas dignos de aparecer en periódicos serios. Coge algo, págalo sonriente a la cajera. Sal de los grandes almacenes. Baja en la escalera mecánica y vuelve a una calle repleta de terrazas, turistas y mentiras disfrazadas de ilusiones. Dentro de no tanto tiempo estarás muriendo. Hace no tanto tiempo no existías. Has comprado comida preparada y ni siquiera te gusta.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Vistas

Por qué aplaude el público, papá. Por qué los aviones pasan tan cerca. Por qué la gente va con prisa. Por qué en cambio no corren. Por qué los edificios son rectangulares y los que no lo son me gustan menos. Cuánto falta. Cuánto falta para que dejen de sonar las campanas. Cuánto falta para el último nido sobre el poste de electricidad. ¿Tenemos prisa? Adónde vamos. ¿Hay allí comida, juegos, niños? ¿Hay más edificios, más coches, más cajeros automáticos? Dónde guardamos las cañas de pescar. Mamá las buscaba ayer y no las encontró. ¿Quedan peces? ¿Querrán ser pescados? No quiero ver pasar más gasolineras. Papá, tengo sueño. El coche nunca para. No sé adónde vamos y seguro que ya hemos ido. No quiero agua. No quiero un cuento. Quiero dormir. Quiero mirar pasar las farolas, una tras otra, una tras otra, una tras otra... Gris... Tierra... Gasolineras... Una tras otra... Shh...

Subsuelo

A braza, a crol que diría un castellano. La cabeza por fuera del asfalto, con el sol encima. Con el sol pegando las camisas a la piel en días de pocas nubes. El resto del cuerpo por debajo de la ciudad, los pies sacudiéndose entre tuberías, ratas y sueños abandonados de bibliotecarias y hombres grises.

Navegar la vida entre cables de auriculares, entre halls de edificios de oficinas, entre esperas esperanzadas y golpes en la garganta y en la boca del estómago. Seguir para no hundirse, para no ser recogido por un empleado de la limpieza de una alcantarilla un sábado por la mañana. Seguir como alternativa a cortes en los antebrazos, a pez en la nariz, a un frío cajón entre estudiantes universitarios de medicina.

Y en el transcurso, alfileres, golpes de humo, neumáticos pasando cerca. Pasos de peatones para hombres ocupados con maletines de cuero y mujeres que piensan en el sábado por la tarde. Ni siquiera el consuelo de una pelota escapada de unos niños, asustada entre el tráfico.

Nadando lo innadable. Cemento, aceras, monedas, billetes doblados del metro. Y los pájaros pasan rápido, volando, para no hacer más daño.

Vuelta

De vuelta a letras, símbolos sobre fondos blancos. Conceptos diseminados, pequeños engaños, trozos de vida pegados a puñetazos unos días, a besos otros, a pasos de baile los fines de semana, a canciones repetidas mientras se cruzan puentes y más puentes, de todos los colores.

Del otro lado, posibilidades, renuncias, frustraciones, medianías, tedio, violencia, artículos defectuosos con etiquetas colgando. De este, la esencia despojada de polvo y paja.

Empieza pues el viaje. Tiques anteriores no serán admitidos, rotos hasta el vómito, hasta el odio, hasta pesadillas febriles y despertares a destiempo.

Hoy hace sol. Acompáñenme.